Ecuador Ancestral

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El aporte español: La otra mitad del mestizaje

El hombre nuevo de Iberoamérica, unidad de dos poderosas estirpes es, bien lo sabemos, suficientemente vigoroso para seguir avanzando a paso firme por la historia. Este libro ha tratado de ilustrar el desarrollo de nuestras comunidades autóctonas sin regatear la legítima admiración que inspira su larga evolución pero, al escribir para los ecuatorianos de fines del siglo XX, no se puede soslayar el hecho histórico irrebatible de una conquista y colonización extracontinen-tales que nos ha hecho, si bien con dolores, lo que somos y lo que podemos ser si, conscientes de ello, marchamos hacia adelante, en lugar de lamentar un pasado que no puede ser cambiado.

La segunda mitad del siglo XV y buena parte del XVI fueron, para el aborigen andino, de exterminio y de sangre; acostumbrado a la guerra con los incas y a las feroces matanzas de Atahualpa, quizá no le sorprendería demasiado el sangriento y doloroso enfren-tamiento con hombres diferentes, caballos, espadas de acero y armas de fuego, desconocidos en el mundo precolombino. Desde los comienzos de la conquista del Quito iniciada por Pachacuti Inga Yupangui (1460 ó 1463), durante la pugna entre Huáscar y Atahualpa —en medio de cuyo desconcierto llegó España con sus propósitos de conquista— y hasta la final derrota de los Incas sucesores, impuestos por los españoles, no hubo tregua para los pueblos andinos del subconti-nente.

El español llegaba desgarrado por la lucha secular contra el Islam, recién abatido por los Reyes Católicos en la península ibérica y por las implacables luchas dinásticas y religiosas que empeñaban a fondo a los monarcas de la metrópoli. La costumbre de guerrear por su Dios y por su Rey fue razón poderosa que impelió al español a luchar, con el denuedo con que lo hizo, hasta consolidar una causa que juzgó y sintió superior, sin excluir la ambición de riquezas y gloria personal, propias de la época y acicate poderoso de los colonizadores de todas las edades.

Traía el español su conciencia cristiana sacudida por los cambios que entonces estallaban de modo incontenible en Europa, afectando al pensamiento laico tanto como al religioso. En lo laico, el movimiento antropocentrista del Renacimiento hacía entrar en fuerte crisis al conjunto de nociones que hasta entonces habían sustentado la conciencia de Occidente: en aquella edad única, linde entre la utopía presentida y la estupenda realidad que descubría a los hombres la totalidad de su planeta, el arte, la filosofía, y las ciencias se alejaban del rico acervo espiritual gestado en la Edad Media durante un milenio.

En lo religioso, el pensamiento de la cristiandad ortodoxa, por largos siglos elemento unificador de la cultura de Occidente, se hallaba en punto de máxima tensión, primero, por el sacudimiento ideológico (y consecuente alteración social) planteado por la reforma luterana y la contrarreforma (con la que España se alineó decididamente) ignaciana y tridentina que definía la frontera inexpugnable del dogma católico y, segundo, por cuanto despertaba en la mente medieval el descubrimiento del Mundo Nuevo, su conquista y organización, empeño que otras naciones del Viejo Mundo querían emular, atraídas por la promesa de la inmensa América.

La cultura europea que vino con España injertó al americano precolombino en una realidad para él desconocida que, al chocar con su primitivismo mágico, debió resultarle insólita y dolorosa en extremo, al despojarle de todo cuanto le fue consustancial durante milenios.

Sin embargo, en el transcurso del tiempo y por fuerza de los hechos, el americano autóctono asimiló el conocimiento de las leyes que rigen al mundo y un lenguaje que las explica. En el curso incontenible de la vida se integran de manera casi espontánea las diferencias étnico-culturales y en este aspecto jamás cometió España en América el error hoy llamado apart -heid. Dio generosamente su sangre y alma a los pueblos con los que vino a convivir y de tal encuentro fecundo, en su obvio acontecer, surgió la realidad iberoamericana configurada con caracteres inconfundibles, privilegio que la vida concede a los pueblos sólo cuando la sangre y el dolor humanos han sido capaces de dar vida a aquello que gestaron en su entraña. Trágica condición, tal vez, o bello destino, por cuanto tiene de grande y trascendental.

A poco de consumada la conquista vendría la obra de organización de la naciente sociedad. A España le importaba el destino del hombre nativo: los errores con que lo ofendió, fallas que la insuficiencia humana siempre provoca por corrupción o inhabilidad, fueron suficientemente denunciados de inmediato desde la misma España por los insignes Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, Montesinos y más ilustres varones cuya preocupación les llevó a formular, en favor del hombre americano, principios jurídicos y morales que hoy son patrimonio del derecho universal.

Implantado acá el sistema municipal, con fueros más amplios que en la metrópoli y como garantía de la vigencia de principios éticos, jurídicos, religiosos y morales de orden superior, se organizó la vida social en derecho; el ciudadano americano, subdito del imperio, gozó de las mismas garantías legales de los peninsulares y el formidable derecho indiano, cumbre del pensamiento jurídico moderno, tuvo en los Concejos americanos a sus ejecutores.

Las Leyes de Indias, en todo favorables al indígena, todavía sorprenden por su extraordinario contenido social, en estrecha correspondencia con un espíritu de recta conciencia cristiana. El conocimiento amplio de tales leyes sería ahora de mucha utilidad para la mejor interpretación de los hechos y personajes de esa época. Muchos funcionarios de servicio acá desconocieron el nuevo derecho indiano dictado por los Reyes de España en 1542 para perfeccionar el de los años iniciales de la conquista. En mucho, los graves errores cometidos en América obedecieron a la inobservancia de las Nuevas Leyes y a la aplicación de las de 1512 que fueron insuficientes dadas las especiales circunstancias del Nuevo Mundo, pues fueron dictadas sin antecedente alguno sobre la materia, apenas a los veinte años del descubrimiento.

El aporte de la lengua castellana es hecho de importancia: en la mente del aborigen, lo abstracto existía apenas de modo intuitivo y sus idiomas carecían de vocablos adecuados. Ni las altas culturas americanas que habían tocado esas fronteras por la vía empírica al plasmar observaciones astronómicas admirables alcanzaron formulaciones que les permitieran discernir principios universales; las lenguas y dialectos aborígenes americanos fueron aplicables a las cosas utilitarias del diario vivir y a sistemas intelectuales de incipiente alcance, limitados al mundo mágico cuyos simbolismos se explicaban en lenguaje igualmente exiguo.

Tan tremenda barrera fue vencida gracias a la tenaz labor de los misioneros católicos quienes, por disposición de los sínodos episcopales llevados a cabo en Iberoamérica —los de Lima y Quito entre los primeros— y para cumplir a cabalidad la tarea principal de la evangelización, tenían obligación de hablar y escribir los principales idiomas vernáculos de América. Valiéndose de "lenguas" (traductores), los misioneros formaron sendos vocabularios indígenas con sus equivalentes castellanos, adaptando fonéticamente los vocablos americanos al alfabeto latino lo cual, indudablemente, los desfiguró en su etimología, sin que hubiera forma mejor de resolver el difícil problema. Más tarde compusieron gramáticas para la comprensión estructural de las principales lenguas americanas pero los dialectos fueron tan numerosos que resultó tarea imposible salvarlos a todos.

Para introducir los conceptos abstractos, especialmente los relativos a los dogmas del cristianismo y a su doctrina, los misioneros debieron, necesariamente, valerse del castellano. La Biblioteca Nacional y la de los jesuítas de Quito conservan en sus acervos el catecismo escrito en español por el célebre José de Acos-ta S.J., traducido al quichua y al aymará por los mestizos Blas Valera S.J. y Bartolomé Santiago S.J. y editado en la imprenta del colegio de la Compañía de Jesús de Lima por Antonio Ricardi, en 1585, el primer libro impreso en Sudamérica.

El salto espectacular que dio el aborigen al adquirir la lengua española, rica en tradición cultural y contenido semántico, quizá no es debidamente comprendido, en la hondura de su poder humanizante, por los americanos de hoy. Por la lengua española aprendió el aborigen a nominar cosas que, aún conocidas, no sabía expresar verbalmente y pasó del simplismo mágico (cuyos simbolismos entrañan, por supuesto, importantes experiencias vitales) a los altos niveles de la abstracción filosófica, teológica y matemática, aunque, al comienzo, no pudiera comprender sus grandes principios ordenadores. Esto se daría más tarde, a base de la educación que se impartió desde los inicios de la vida virreynal y de las Audiencias.

La simple convivencia diaria con los extranjeros y el acceso a escuela y universidad fomentaron la rápida asimilación, por pane del nativo, del nombre de las cosas que desconocía y le asombraban, así como de cambios en sus costumbres. De seguro, mucho de lo nuevo entró a ser parte de su mundo mágico pero, al saber cómo llamarlo, enriqueció su experiencia vital con el contenido conceptual de la cultura que comenzaba a poseer y a la que haría florecer, desde los inicios del mestizaje iberoamericano, en las grandes creaciones literarias y artísticas del Nuevo Mundo.

El esfuerzo español creó escuelas para los hijos de curacas, de caciques y de peninsulares radicados acá, muchos de estos casados o emparejados con mujeres nativas. Casi al cabo de la fundación de las dos principales capitales virreynales, México y Lima, surgieron universidades dotadas de los mismos privilegios que la afamada de Salamanca. En Quito, bien pronto (1552) nació la Escuela de San Juan Evangelista y más tarde la Escuela Seminario de San Luis, con iguales finalidades educativas del naciente mestizaje que, en momento propicio, habría de encargarse de dirigir los destinos de la sociedad en que había nacido. La instrucción persistente del indigenado, tanto en el orden meramente ordinario de la vida como en el superior de lo cristiano, estuvo encomendada a los frailes misioneros e incluyó artes y oficios prácticos que le daban un lugar útil dentro de la sociedad en formación, sin abandonar las artes nativas que, con la incorporación de nuevos elementos, produjeron nuevas expresiones culturales.

Consecuentes con las constituciones del gran Concilio de Trento, los sínodos declararon, de manera solemne, el respeto a las culturas vernáculas en cuanto no fueran opuestas a la moral íntima y social del ser humano o repugnaran a su dignidad como la sodomía, la antropofagia, el incesto o la borrachera y legislaron sobre el tratamiento al indígena, partiendo del reconocimiento pleno de su dignidad de hijo de Dios y sujeto, por tanto, de todo derecho, sin renunciar al análisis de la idiosincracia del nativo, desarrollada dentro de una cultura diferente a la europea; si, a veces, se la pintó con exceso peyorativo, muchísimos documentos hablan del aprecio que conquistadores y evangelizadores tuvieron de la inteligencia y aptitudes humanas del americano aborigen.

El cristianismo propicia el razonamiento y la reflexión pero, también, toca el misterio y, allí, su única explicación es la fe. Tan elaborada concepción religiosa debió ser de difícil asimilación para el aborigen, pese a que en sus creencias mágicas se daba, de manera rudimentaria, un grado de fe; al serle enseñada la religión, se causó conmoción profunda en su alma, se modificaron sus creencias y se alteró la intimidad de su conciencia y la de la colectividad en que vivía. El dolor natal de Iberoamérica estuvo más que en la sangre derramada por los dos gestores de la inmensa epopeya, en el desgarramiento de lo íntimo del aborigen; de la inmolación de esa intimidad nació nuestra raza nueva, testimonio viviente del acontecimiento más trascendental de la historia moderna, sacrificio fecundo sobre el que las generaciones mestizas se han sucedido bajo el signo humanizante y unificador por excelencia del cristianismo.

De manera frecuente, la arqueología habla de ciudades y urbanismo aborigénes; esto no es exacto para el mundo precolombino de los Andes, ni puede calificarse así a los asentamientos agrarios que organizaron inteligentemente el espacio físico del habitat, de acuerdo a otras necesidades. El incario no eliminó la dispersión de las gentes dentro de su vasto dominio pues no entraba ello dentro de su sistema agrarista y desconoció el desarrollo urbano, tal como se lo concibe hoy, en lo técnico y jurídico.

El urbanismo del periodo hispano de América es fundamento de la historia moderna del continente y, por ello, digno de ser destacado. España emprendió, en las primeras décadas del siglo XVI, la colosal tarea de fundar ciudades para acoger a porciones grandes de la población dispersa, una vez reconocida la inconveniencia del sistema de encomiendas, tan lesivo a los indígenas. Tal esfuerzo propició la convivencia, dentro de domicilio permanente, de las familias que constituyeron el núcleo primigenio de la sociedad mestiza que comenzaba a organizarse y que, en los últimos quinientos años, ha multiplicado las ciudades y alcanzado, en el vastísimo territorio que gobernó España, un grado apreciable de desarrollo.

La ciudad española de América creó un sentido de nacionalidad inexistente en la etapa prehistórica y dio amplia cabida a la vida cívica, cultural y religiosa, signo extraordinario, éste, de unidad comunitaria. Los Cabildos eclesiásticos fueron los reales formadores de las sociedades del Nuevo Mundo: la Iglesia Católica conservó para la historia las realidades de nuestro

Continente en sus bibliotecas conventuales admiradas, en lo que aún subsiste, por quienes las conocen y creó además monumentos perdurables en monasterios, templos, conventos y construcciones civiles que aún asombran al mundo no sólo por su estupenda y profusa arquitectura, sino por los tesoros de un arte plástico reconocido a escala universal, procedente de las escuelas virreynales de arte de México, Quito y el Cuzco.

La más estupenda arquitectura se realizó desde el siglo XVI hasta el XVIII, testimonio irrepetible y único de la cultura moderna de Hispanoamérica. El fundador español de ciudades y el constructor de aquellas portentosas edificaciones fueron hombres orgullosos de ser quienes eran, descubridores, conquistadores, protagonistas de hazañas cuyos relatos encendían la mente renacentista de la Europa del siglo XVI y subsiguientes, "hacedores" de monumentos a lo grande, como para desafiar a los siglos. Y no sólo grandes, también los hicieron bellos para asombro del mundo. «...Esos monstruos legendarios sentían la ufanía de ser españoles; para honrar a la imperial España, levantaron esos monumentos dignos de su formidable estirpe espiritual....», según palabras de Louis Bertrand, historiador francés.

La implantación del cultivo intensivo —signo importante de la modernización de las sociedades primitivas— y la transformación del suelo lograda por los españoles es de los menos analizados entre los hechos de la colonización del Nuevo Mundo, acostumbrados como nos hallamos a ver la tierra en en las condiciones actuales de productividad. El agrarismo español llegó en posesión de la tencología agrícola europea desarrollada, también, en milenios y la adaptó a lo que hoy llamaríamos la infraestructura rural, organizada por los nativos regionales y mejorada por los incas.

Los españoles expandieron el área cultivada y aclimataron varios productos vegetales y animales acá desconocidos, tales como: trigo, naranjo y demás cítricos, vid, olivo, espárrago, zanahoria; caballos, cerdos, asnos, mulos, perro aullador, vacunos, ovinos y aves de corral que fueron y son fuente común alimentaria de nuestro mundo mestizo o auxiliares valiosos del trabajo en el campo. El cronista Bernabé Cobo da prolijo inventario de los productos nativos y los importados en los inicios de la colonización. La necesidad de subsistencia aunó a hispanos y aborigénes en el esfuerzo de lograr la transformación agrícola que fue, según palabras de Louis Bertrand, obra de verdadera creación de los españoles quienes, a más de introducir plantas, animales e instrumentos, capacitaron al nativo en el uso de herramientas de labranza, métodos de trabajo del campo y aprovechamiento de una más rica provisión alimentaria, avanzados para ese tiempo.

El laboreo del campo, urgente para remediar las necesidades de subsistencia humana, rendía provecho inmediato y se encomendó, de manera casi exclusiva, a los indígenas, ejercitados por sus ancestrales modos de vida —tan dependientes de la tierra— y la mita del incario, en tales faenas. De esto, lamentablemente, queda sólo el recuerdo negativo de los excesos que la ambición de poderío y riquezas introdujo en la encomienda, eliminada a fines del siglo XVI, por el sistema de reducciones, a pedido de los jesuítas recién llegados a América del Sur y en aplicación de las Leyes de Indias de 1542, a las que ya se ha hecho referencia.

El aporte cualitativo de la nueva productividad del campo es elemento básico del crecimiento demográfico de nuestros pueblos. El sabio americanista Carlos Sapper ha señalado, de modo aproximativo, en treinta y cinco a cuarenta millones los habitantes de todo el continente en tiempos de la conquista*, lo cual probaría la vastedad de los despoblados y el maravilloso crecimiento de la raza mestiza.

El gran incremento de la agricultura contrasta, en términos genéricos, con la explotación minera que a muchos llevó al desengaño pues requería de más técnica, tiempo y dinero para rendir sus frutos. Sin embargo, no puede dejar de ser anotado que, en su reciente interés por la minería, los gobiernos han recurrido a viejas crónicas del tiempo colonial para ubicar yacimientos que pudieran hacerse rentables con la tecnología actual.

Mucho se ha hablado del aporte del Viejo Mundo al Nuevo pero casi nada de lo que éste dio a aquél: la geografía y la historia, la antigüedad cristiana y la pagana, la teología y el derecho, la filosofía y la ciencia tuvieron que ponerse al día. El pensamiento moderno tiene su origen en el descubrimiento de América, entendiendo por esto algo más que la mera llegada a su suelo.

En resumen, el aporte español a la actual realidad mestiza de Iberoamérica no se limita a lo racial. Nuestra organización jurídica, derecho de gentes, idioma, costumbres, educación, capacitación técnica, religión, enfoque de la vida, urbanismo, institución municipal, explotación agropecuaria y minera y algunos antecedentes industriales (de los que no hemos hablado aquí), muestran la profunda huella ibérica de nuestras sociedades.

Paradoja soberana la de esa Cruzada española del siglo XVI que, deseando aniquilar al Islam atacándolo por la espalda, se nos aparece como la suprema floración religiosa de la Edad Media, Edid de la Fe, e induce el nacimiento de este mundo moderno, incrédulo y racionalista. ... El español que vino a América en ese deslumbrante siglo XVI fue un real prototipo humano. Viajaba, desplegando ingenio y coraje, entre mares, selvas o altísimas montañas, todos vencidos por su ímpetu increíble. ¡Qué aventura, qué noble misión, qué locura no fue capaz de acometer este inagotable sujeto español nacido para ser grande en la historia....» afirma Bertrand y continúa: «...Los estudiosos del Renacimiento ponen casi toda su atención en Italia y apenas si reconocen ...[de que) ... los elementos más modernos, lo más vital y lo más lleno de porevenir corresponde a España...».

Al conquistador español se le ha achacado, y no sin razón, codicia y arrogancia, pasiones tristemente humanas, pero ha sido por demás injusto señalar únicamente el mal que hizo, en nombre de su Dios y de su Rey. Ese mismo arrogante señor, enriquecida su raza con la del Quito que resistió a los incas, haría lo suyo en las jornadas de la independencia, cuatro siglos más tarde. Sobra la repetición de las denuncias —de cinco siglos conocidas— en inútil afán de proclamar algo nuevo para tranquilizar la conciencia poniendo culpas en generaciones muertas. Más convendría preguntarnos: ¿Qué hemos hecho durante el período republicano para llevar a nuestros pueblos a su verdadera modernización?, ¿Ya no somos explotadores injustos y gobernantes incapaces de nuestras sociedades?, ¿Estamos mejor ahora que en el período hispano? Las respuestas llevan indefectiblemente a reconocer que hay fracaso en muchos de los tópicos que seguimos lamentando sin dar ninguna solución de fondo, y a enfrentar con lealtad la obra, siempre inconclusa, de la modernización de la República.

No se trata de privilegiar ni a españoles ni a indígenas, sino de discernir sensatamente los hechos del pasado, para que la verdad de lo bueno enseñe y la de lo negativo advierta. Ante realidades consumadas, cabe solamente la reflexión y la aceptación inteligente de ser fruto de dos nobles vertientes humanas, unidas para ser grandes. El prejuicio, más aún cuando de la historia se trata, empequeñece el espíritu y lo debilita; es preciso deponer los acumulados contra España e Iberoamérica a la que se hace aparecer sojuzgada, inútil y vencida cuando se halla, todavía, gestando con dolor y sangre su promisoria realidad. Iberoamérica, desde esa aurora del siglo XVI, es destino configurado a la espera de nuestro trabajo para construir el porvenir, la exigencia más noble y comprometedora para los iberoamericanos de hoy.

 

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