Ecuador Ancestral

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Introducción general al período

Se puede percibir, a lo largo de la historia humana, que los procesos culturales se aceleran paulatinamente y las sociedades se complejizan, constituyendo universos propios de realidades significantes y acervos cada vez más amplios de conocimientos. Este progreso es, en definitiva, el resultado de la fuerza del espíritu humano alzándose a planos cada vez más altos.

Resulta difícil para la arqueología discernir edades culturales, pues enfrenta el grave riesgo de hacerlo a base de escasos testimonios materiales, insuficientes para el análisis del pensamiento arcaico en sus más inextricables contenidos. Sin embargo, es la única disciplina científica que pone al alcance del historiador la "documentación" de los fenómenos culturales de etapas muy remotas.

La adquisición de técnicas agrícolas marca el fin del lento proceso de un millón de años iniciado en los orígenes paleolíticos, en cuya oscura senda el hombre gestó la espectacular característica de su especie: la capacidad creadora. La agricultura hizo innecesario el desplazamiento constante en procura de suministros para la vida y, así, nacieron las comunidades, organizadas alrededor de poderes mágico-religiosos y jerarquizadas por la distribución del trabajo especializado entre sus integrantes.

Durante el Formativo, los grupos humanos domiciliados en diversas zonas de lo que es hoy el Ecuador fueron adaptándose a cada medio ambiente, hasta adquirir características que los diferenciaron entre sí. Este proceso interno de cada grupo, ocurrido en un habitat fijo propio, es lo que llamaríamos ahora el desarrollo económico, social y religioso de las comunidades.

Los testimonios que la arqueología pone constantemente en evidencia permiten observar las peculiaridades propias de cada una de ellas. Algunos reconocen diferencias entre la organización de las áreas campesinas de cultivo agrícola y la de los poblados, centros administrativos y ceremoniales.

La adquisición de tecnologías de conservación del suelo, riego artificial, incorporación a la dieta de productos antes desconocidos, domesticación de animales, intercambio comercial con sociedades productoras de aquello que la propia no proveía, son razones más lógicas que las barreras geográficas, para explicar la estabilidad, el aislamiento y el endogenismo grupal de las sociedades primitivas, pues no es aceptable un abandono arbitrario de la ancestral trashu-mancia.

La característica primordial del Desarrollo Regional es la mayor producción artesanal que incorporó nuevas representaciones de la figura humana y del entorno natural, tanto en la ya milenaria arcilla, como en la orfebrería que alcanzó un extraordinario esplendor. La producción alfarera alcanzó niveles industriales, por el uso de moldes; la ornamentación mediante pintura negativa —de vieja tradición— casi no conoció fronteras, prueba de la estrecha relación de los pueblos coetáneos de este período. Guangala llevó la cerámica a una rara perfección y, en su decoración, usó por primera vez la tricromía por precocción.

El alto contenido simbólico de los artefactos, tanto utilitarios como de culto, es otra característica del período: Aún lo puramente ornamental, cuando es de tipo religioso, tiene innegable fundamento mitológico. Afirma Karl Gartelman que, especialmente a causa de las enfermedades, estas sociedades debieron cargar con el peso de muchos sufrimientos; de ahí que recurrieran a lo mágico para crearse la utopía de una vida mejor.

El símbolo concretiza lo incomprensible, sobredi-mensiona los hechos y los transfiere, más allá de su evidencia, al mundo de lo mágico que les aporta sentido. El simbolismo es propio de la capacidad de abstracción del ser humano y, en los pueblos ágrafos, resulta la filosofía de una vida presidida por la realidad mágica, en la que existen los elementos que no se dan en la naturaleza.

El mundo de las representaciones del Desarrollo Regional está poblado de jaguares, serpientes, águilas arpía; de seres a los que se debía combatir en la vida real, so pena de ser sus víctimas. Tal vez, el miedo a la permanente amenaza de estos formidables enemigos de interminable generación, llevó a reconocerles un rango divino al cual venerar para aplacar su agresivo instinto, rodeándoles de míticos y pavorosos felinos-reptiles y hombres-bestia de indescifrable mimetismo. La Tolita ha legado la figura de una mujer alumbrando una serpiente, con la asistencia de dos expertos; en tan monstruoso trance, su rostro denota el placer y dolor del delirio mágico, plasmados con extraordinaria plasticidad en una imagen de propiedad del Museo del Banco Central del Ecuador.

Otra característica importante es la aparición de una casta de guerreros; este oficio resulta necesario para proteger los territorios explotados por la agricultura y cabe que los guerreros lucharan también con los implacables enemigos naturales, pues sus representaciones frecuentemente incluyen el alter ego, una cabeza de jaguar sobre la del guerrero o serpientes enroscadas en su cuerpo, a manera de "detentes" contra el peligro de tales adversarios.

Algo más de un milenio se asigna hoy a este período en que la variedad de caracteres regionales, subsistentes hasta ahora, exige atención prolija sobre el probable origen de las diversas parcialidades étnicas del Ecuador. Betty Meggers dividió el Desarrollo Regional en dos zonas, para su estudio: LA DEL NORTE, en la que se puede agrupar a las fases de: Bahía, La Tolita, Jama-Coaque, Negativo del Carchi y Panzaleo y LA DEL SUR, que comprendería a: Cerro Narrío, Jambelí, Guangala, Tejar-Daule, Tuncahuán y, quizá, Upano.

 

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