Ecuador Ancestral

Ecuador Ancestral


Los incas, hijos de Viracocha Pachayachachi, Creador de todas las cosas.

Es necesario llegar a la comprensión histórica de lo que fue el Tahuantinsuyo: una pluralidad de etnias y señoríos anexionados por la fuerza a un centro político de caracteres superiores pero carente de las cualidades necesarias para establecer la unidad orgánica de sus elementos humanos y culturales. La importancia de la organización social del incario es incuestionable en lo que respecta a sus objetivos de conquista e imposición del sistema que le era propio y alcanzados con ánimo implacable, fría habilidad y tenacidad ejemplar. Sin embargo, al no lograr un sentido de unidad entre las muchas comunidades de su imperio, sembró la semilla de su fácil exterminio a manos de los españoles quienes recibieron, entre otros, el apoyo de huancas, cañaris y otras parcialidades indígenas peruanas que los vieron como a libertadores de cuz-queños y quiteños.

Se debe añadir a la mencionada falta de sentido de unidad en el imperio, que éste no logró dominar más que a los señoríos, los cuales se rendían al caer sus jefes. El caso de las behetrías resultó de difícil solución a incas y españoles pues estas comunidades, ante la presión de cualquier conquistador, simplemente se mudaban a otro lugar en el que se mantenían ferozmente independientes; tal es el caso de los Tucapel de Chile, nunca sometidos ni a incas ni españoles, de los araucos y chichimecas a los que el incario logró atraer sólo mediante el otorgamiento de rangos de prime-rísima importancia en las guerras de expansión, especialmente hacia el Quito. Fuera del Tahuantinsuyo, se debe mencionar a los pueblos de ese tipo de Popayán, Anserma y Cartagena de la huida de cuyos habitantes se lamenta Cieza de León al no poder disponer los españoles de mano de obra indígena para las minas ni la agricultura.

El pluralismo étnico-cultural latente en las distintas tribus —aún las dispersas por el mitimae, del que se habla más adelante— se manifestó con sus propios caracteres que los mismos incas reconocieron, al tolerar los cultos tribales que no constituyeran obstáculo a la religión solar, impuesta de manera total.

Sin desechar, ni mucho menos, la prueba arqueológica del poblamiento de América por el estrecho de Bering (capítulo 4), es interesante la visión que de su origen tenían los incas. Nos referiremos a la compilación que, por encargo de Francisco de Toledo, Virrey del Perú, realizara uno de los más ilustrados cronistas de indias, Pedro Sarmiento de Gamboa, quien se basó en los testimonios de aborigénes conocedores de su historia antigua:

«Viracocha, dios de los incas por haberles criado y animado con vida, les ordenó vivir en paz y sujetos a un precepto ... [no se sabe cuál]... mas lo quebrantaron, les maledijo ... les convirtió, a unos en piedras ... a otros los tragó la tierra, a otros el mar y ... les mandó un diluvio general que llaman huno pachacuti o "agua que trastornó la tierra"... llovió sesenta días y sesenta noches, se anegó todo y quedaron sólo algunas señales de los que se convirtieron en piedras para memoria del hecho y ejemplo de los venideros, en los edificios de Pucará ques sesenta leguas del Cuzco».

«Terminado el diluvio, Viracocha guardó consigo a tres hombres, uno llamado Taguapaca, para ayudarle a curar las nuevas gentes ... se fue con sus criados a una laguna grande en el Collao, en la cual está una isla llamada Titicaca que significa "monte de plomo"... en la isla, Viracocha pidió al sol, la luna y las estrellas que fuesen al cielo a alumbrar la tierra ... dio a la luna más claridad que al sol; éste, envidioso, le echó ceniza y quedó escureci-da como agora parece. ... Dio varias órdenes ... Taguapaca no obedeció y fue echado a la laguna, en la cual desapareció; en memoria de lo ocurrido, Viracocha construyó, allí, un adoratorio; ... pasó luego a tierra firme y llegó a Tiaguanaco, en tierras del Collayouyo; allí grabó en unas lozas grandes todas las naciones que pensaba formar... ordenó ir por los flancos de la cordillera, sobre la mar del sur, y por las montañas de los Andes pregonando: "Oh vosotros, gentes y naciones, oíd y observad el mandato de Ticci Viracocha Pachayachachi el cual os manda salir, multiplicar y henchir la tierra"... Viracocha iba nombrando las naciones y, a las voces que daban él y sus criados, todo lugar obedeció y así salieron de lagos, fuentes, ... y hinchieron la tierra y multiplicaron las naciones que hoy son en el Perú».

«[Otros dicen que] ... De Pacaritambo y el cerro de Tambotoco que tenía tres ventanas, Viracocha hizo salir a los Maras-toco, Capac-toco y los Sutig-toco que fueron llamados tambos y poblaron a la redonda del mismo cerro. ... De la ventana mayor, Capac-toco, salieron cuatro hombres y cuatro mujeres que se llamaron hermanos... no se les conoció padre ni madre y decían que el Viracocha los creó para ser ingas [señores]... el sobrenombre de Capac que significa "rico" [fue] adoptado más tarde por el señor principal dellos».

«... Los hermanos fueron Manco-Capac, Ayar-Auca, Ayar-Ca-che y Ayar-Ucho; las hermanas, Mama-Ocllo, Mama-Guaco, Ma-ma-lpacura o Mama-Cura y Mama-Raura. ... Los ocho hermanos, según el mandato de Ticci Viracocha, resolvieron salir a sujetar a las gentes y tierras fértiles... movilizaron a los que había en el cerro de Tambotoco, con Manco-Capac a la cabeza [quien] portaba el pájaro hindi, tótem sagrado al que veneraban todos y la estaca de oro para experimentar las tierras donde llegasen».

«« ... Manco-Capac envió a sus hermanos a cumplir diferentes misiones ... Ayar-Cache, valeroso y fuerte, quedó encerrado en la cueva de Tambotoco ... Ayar-Ucho quedó pegado para siempre a la guaca de Guanacauri (arco-iris) y pidió a sus hermanos que se fueran y le recordaran en todas sus fiestas, profetizándoles que serían grandes y poderosos ... Lanzada la estaca de oro en la región del Cuzco desde una altura, se clavó en el suelo que resultó ser fértil, por lo cual los incas resolvieron poblarlo ... Por orden de Manco-Capac, Ayar-Auca fue a sentarse sobre un mojón de tierra y, al hacerlo, quedó convertido también en piedra o cozco. Así quedó Manco-Capac, con su mujer Mama-Ocllo, como señor del pueblo inca.»

«Cada parcialidad ... entre ellas las de los Cañaris, en tierras del Quito y Tomebamba,... decía descender de los hermanos Atao-rupagui y Cusicayo, residentes en Tomebamba donde existía un cerro llamado Guasano [al que] subieron los dos ... Mientras subían las aguas, el cerro iba nadando y desaguando ... Dos mujeres cañaris, terminado el diluvio y mientras los dos hermanos iban a sembrar las tierras, les servían de comer... Ataorupagui y Cusicayo averiguaron quiénes eran, trataron de agarrarlas pero se escabulleron y quedaron tristes. Pidieron perdón al Viracocha [quien] les perdonó y las mujeres volvieron. Uno de los hermanos hubo ayuntamiento con una de las mujeres y como el mayor se ahogase en una laguna cercana, tomó también la otra mujer y procreó diez hijos, ancestros de los cañaris, a quienes dividió en dos parcialidades: "Hanansuyo" o de arriba y "Hurinsuyo" o de abajo y de aquellos se procrearon todos los cañaris que agora son».

«Otros afirmaban que las mujeres que alimentaban a los hermanos se transformaron en guacamayas y que la creación la hizo Viracocha desde Tiaguanaco, donde formó unos jayanes que, pareciéndole desproporcionados, los redujo al tamaño del, es decir de mediana disposición.... les dio espíritu y les mandó a poblar las tierras... Antes de partirse eran de una sola lengua y hicieron en Tiaguanaco los edificios cuyas ruinas agora se ven, para morada de Viracocha su hacedor... En partiendo, variaron las lenguas tanto que, tornándose a encontrar, no se entendían los que antes eran parientes y vecinos».

No hay evidencia comprobada sobre el origen de los incas. Las tradiciones recogidas por Sarmiento de Gamboa no completan la conexión —si es que existió— entre los incas y las culturas de Tiahuanaco, Chavín o Mochica que florecieron antes.

La llegada de Pizarro les sorprendió en un sangriento episodio de consolidación del imperio y las crónicas españolas de la conquista refieren la expansión de los incas que, en cinco siglos de guerra, avasallaron pueblos a los que impusieron costumbres, inflexible organización, idioma y religión, sin lograr un sentido de identidad nacional.

La organización de los incas estaba fundamentada en tres pilares:

• teocracia absolutista,
• agrarismo colectivo y
• militarismo.

La compleja religión heliolátrica de los incas fue de superioridad indiscutible sobre las elementales teogonias de los pueblos a los que dominaron: Según sus creencias, el sol, suprema deidad que vivifica la tierra y la calienta, que produce el día y la noche y que hace germinar las plantas, transfería estas potencias creadoras y benéficas a su hijo, el señor Inca quien, así ligado ontológicamente a la divinidad todopoderosa y al entorno que proveía a las necesidades humanas, ejercía sobre sus creyentes subditos un dominio irrecusable e inapelable que les concedía la muerte o la vida y les exigía adoración y obediencia con el despotismo absoluto de un dios de la guerra y de la paz.

Tan grande era el poder del Inca que nadie osó reprobar el desmesurado proceder de Huayna Capac al tomar como esposa a Paccha, princesa quiteña, pese a tener como a tal en el Cuzco a su hermana, en cumplimiento del precepto sagrado que había sido fielmente observado hasta entonces (*).

El jesuita Bernabé Cobo reseña en su crónica cada una de las fiestas del calendario inca y comenta que la profusión de ellas obedecía a fines religiosos pero más a táctica política, con el fin de mantener a la población ocupada en las labores asignadas o en festejos que enajenaban su voluntad al poder omnímodo del soberano. En la obra de Guarnan Poma de Ayala se puede consultar los grabados que ilustran las costumbres en esas festividades.

Según Louis Baudin, en su libro L'Empire Socia-liste des ínka, los incas fundaron el único imperio de la historia humana basado estrictamente en la plani-fícción económica, con una organización que habría sintetizado las utopías de Platón, Tomás Moro y Karl Marx.

Los incas practicaron el totalitarismo: cada habitante tenía su puesto de trabajo determinado dentro de un guipo laboral, se alimentaba según normas establecidas, debía elegir la pareja que le estaba destinada y ocupaba una posición fija e inalterable dentro de la sociedad, dando como resultado una rígida jerarquía llevada a las últimas consecuencias. Los conquistadores alabaron el genio inca al comparar su organización con la administración española; los incas, tal vez, hubieran podido enseñar al Viejo Mundo hasta dónde era realizable un estado totalitario y planificado que, según Hermann Keyserling, filósofo y psicólogo de la cultura, habría dejado al estado bolchevique como casi irracional.

El sistema colectivista de la propiedad de la tierra señalaba las parcelas y los oficios de siembra e implantaba el trabajo obligatorio de todos los miembros de la comunidad en capacidad de hacerlo; los beneficiarios eran, en primer término, el sol y su hijo el Inca y, luego, el pueblo en general. Empero, tanto el cronista mestizo Garcilaso de la Vega como el P. Blas Valera S.J. indican que «...los incas sancionaron mediante ley el sistema dual de propiedad entre los pueblos del Quito no movilizados como mitimaes...». Jacinto Jijón en su Nueva Contribución al conociminto de los indígenas de Im-babura afirma que «...entre los caranquis, las chacras pertenecían a quien las trabajaba...». Es probable que así haya ocurrido en otras regiones puesto que, a la llegada de los españoles, estaba generalizado el sistema dual de propiedad y permitido el legado de casas y pequeñas chacras, según afirmación de Gabriel Cevallos García, en Reflexiones sobre la historia del Ecuador.

Además de los caracteres socio-económicos de la organización de la producción, es importante reconocer la frecuente presencia de valores religiosos en el agrarismo de las sociedades primitivas, practicado como culto a la tierra, cuyos frutos eran considerados como la retribución divina a ese culto.

Creemos que el espíritu expansionista del incario —razón de su militarismo— se origina en el mandato divino de sujetar gentes y tierras que consta en la frase resaltada en la larga cita de Sarmiento de Gamboa, página 235, que los incas guardaban como tradición. En su existencia histórica (-900 DC -1500 DC), los incas no dejaron de guerrear y asimilar a su poder político-religioso centralizado a diversas tribus asentadas entre los ríos Maule (Chile) y Angasmayo (Colombia), entre tierras del Tucu-mán (Argentina) y la costa central del Perú, entre la sierra del Quito y los señoríos huancavilcas de las tierras altas de El Oro y la isla Puna. La campaña de seis siglos fue una cruzada (entendida como misión) que no puede ser explicada sólo por la existencia de fuerzas internas poderosas, alta productividad y férrea disciplina sino, mejor, reconociendo factores de espiritualidad religiosa, poderoso estímulo de la expansión guerrera.


Mapa del imperio inca o Tahuantinsuyo

Luego de las guerras de dominio militar, la vida humana se acomoda a las nuevas circunstancias y la fusión poblacional se da de manera natural (más aún en nuestro caso, a partir del ejemplo dado por el propio Inca al desposar a una quiteña). Más allá de los hechos conocidos por las referencias de crónicas e historias, es importante precisar que los mayores aportes incásicos al ser ecuatoriano fueron la organización de núcleos agraristas disciplinados por el tributo y la mita, la muy incipiente configuración del estado unitario que pudo seguirse de la imposición de una religión y jerarquización social generales y el profundo mestizaje autóctono aún existente en lo que fue el Tahuantinsuyo. La "minga", trabajo comunitario para beneficio colectivo, tiene, probablemente, sus raíces en la organización incaica del agro.

Lograda la conquista, el imperio debía encarar las labores de post-guerra que aseguraran el tributo de los conquistados y su plena inserción en la organización general. Los medios de que se valió para conseguir su propósito fueron:

• el mitimae,

• la construcción de caminos que enlazaran sus dominios extendidos en más de 1200 leguas (unos 6600 Km.) y • el uso, impuesto o no, de la lengua común.

Al margen del comentario que merecen, estos hechos muestran el poder disponible para la represión, basado en la veteranía de cinco o seis siglos de avanzada conquistadora. Por tal despotismo, pese a los beneficios económicos del régimen agrarista, los pueblos sojuzgados ansiaban en todo momento su liberación y protagonizaron alzamientos que mantuvieron al Inca en perpetua alerta, y le obligaron a organizar cuerpos de vigilancia y a recurrir innúmeras veces a represiones sangrientas y exterminadoras.

Mitimae es una voz quichua que denomina el in-ternamiento de comunidades enteras en tierras para ellas desconocidas y su reemplazo por otras procedentes de zonas ya dominadas y suponía para ambos, extrañados y reemplazantes, el exilio a perpetuidad o hasta que el Inca lo determinara.

A más del inhumano sacrificio emociona! de desarraigar a la gente de su habitat natural, el mitimae era causa de gran mortandad entre sojuzgados y conquistadores pero, al someter a las comunidades trasladadas a un "estado de sitio" cultural, se aseguraba que adoptaran las costumbres, lengua y religión de su nuevo domicilio. Esta táctica de dominio, expeditiva y contundente, solucionó el problema de tiempo que habría tomado rendir a tan numerosos pueblos de diversas costumbres y dialectos como fueron los conquistados y fue aplicada con el mayor despotismo: La única suerte posible para los conquistados era el sometimiento total y servil al conquistador, para cuya autoridad la persona no contaba más que dentro de la disciplina de producción colectiva que, cuando quebrantada, implicaba de manera inapelable la muerte o el destierro del ofensor a regiones inhóspitas de desiertos o montañas.

La labor policial, además de la recolección de tributos y el mantenimiento de fronteras, requería facilidades de desplazamiento y los incas acometieron la tarea con su habitual energía: construyeron la troncal Quito-Chile (el camino del Inca aún subsistente, en partes) que atravesaba toda la sierra andina y una paralela, menos importante, que iba por el litoral. A más de enlazar los principales centros administrativos, estas vías integraban los caminos preexistentes a un verdadero sistema vial, esencial para el control político y económico de sus vastos dominios territoriales y para el intercambio de servicios como el de postas o correos (chasquis), viajes y tránsito útil.

A lo largo de las vías construyeron tambos o aposentos, depósitos de vituallas (coptras) y tambos reales o fortalezas (pucará) para residencia del soberano, sus familiares, servidores domésticos y militares; los pucarás tenían casa de vírgenes (aclla) anexa o incluida. Los tambos no fueron viviendas sino sitios de alojamiento temporal de tropas o correos y, junto con los depósitos, útilísimos para la guerra y provechosos para la paz; construidos en sitios altos, constituyeron excelentes atalayas para guardar la seguridad de los territorios conquistados.

Aunque la ciencia americanista no dilucida aún la posible existencia de varios dialectos de una misma lengua andina, la mención a una "lengua común" es frecuente entre los cronistas, en Pedro Cieza de León especialmente. Notables historiadores afirman que tal idioma —el quichua— parece emparentado con el ay-mará del lago Titicaca, tanto que han acuñado el término "quichuma" para designar a los dos, y le han encontrado similitudes con e! yurumangui de Colombia, las lenguas tupi del este sudamericano y las kota de Norteamérica pero se lo ha relacionado con mayor evidencia con la lengua ancestral del Quito.

El P. Hervás y Panduro S.J., en su Catálogo de las Lenguas, asegura que el "runashimi" (quichua) y el scyra tienen muchas afinidades, lo que apuntaría a un origen común aún indeterminado, sin descartar la explicación de la mutua influencia entre vecinos que convivieron largamente en territorios relativamente cercanos. Es importante citar textualmente a Hervás: «...la afinidad de la lengua quichua con la scyra introducida entre los quiteños fue, probablemente, uno de los motivos que, para conquistar, tuvieron los incas...»; incas y scyras evolucionaron cul-turalmente por separado pero, de la similitud de lenguas, se puede deducir que, al llegar acá, los invasores podían entenderse con los conquistados, usando sus respectivos idiomas lo cual, naturalmente, constituyó también ventaja para los españoles en su momento.

Afirma Sarmiento que, antes de los incas, los vecinos eran dueños absolutos de cada territorio y escogían a sus señores en episodios frecuentemente caracterizados por disturbios y que las tribus del Perú permanecían en permanente disputa con quienes se alzaban de entre ellas para dominarlas, o contra conquistadores violentos o diplomáticos que querían arrebatarles sus tierras o, al menos, hacerlas tributarias.

Las culturas netamente ecuatorianas no desarrollaron civilizaciones guerreras. Su interrelación se basó en el intercambio de excedentes, el enlace matrimonial de curacas y régulos locales y, según los cronistas antiguos, en las disputas de fronteras.

Casi al final del período preincaico, se dio la alianza matrimonial Duchicela-Scyra que unió dos poderosos señoríos del centro del actual Ecuador y fundó la dinastía de la que, en tiempos de la dominación incaica, nació Atahualpa, hijo de Huayna Capac, ilustre soberano del Cuzco.

Según los cronistas, ante la amenaza de invasión inca, los señoríos de Cañari, Puruhá, Quito y Caran-qui encabezaron —pese a que la carencia de ejércitos disciplinados dificultó la defensa— la confederación de los pueblos interandinos hasta Paita que resistieron la conquista desde 1450 ó 1460 DC hasta el triunfo final de Huayna Capac, del cual se dice haber fallecido en 1524 DC.

El cuadro de las batallas de resistencia testimonia de manera inapelable la bravura de la confederación, principal arma opuesta a los aguerridos incas a quienes se sometió sólo hasta encontrar, según Cieza de León, el más veraz y cumplido de los cronistas de indias, la coyuntura favorable para la liberación final.

De aceptarse la duración de nueve años para el reinado de Huáscar, vencido por Atahualpa quien, por breve lapso, gobernó todo el imperio y fue cruelmente victimado por Francisco Pizarra el 26 de julio de 1533, la presencia de los incas en tierras del Quito habría sido de unos ochenta años, tiempo de apogeo del Tahuantinsuyo.

Pese a lo corto de tal lapso, la sólida estructura social impuesta por el incario gracias a su incontrastable poderío militar dejó importantes huellas en los pueblos sojuzgados al aniquilar sus formas ancestrales de vida, creencias, dialectos, costumbres, hogar y suelo amados.

Varias son las causas determinantes de la caída del Tahuantinsuyo, ampliamente discutidas por todos los tratadistas sin que, por supuesto, ninguna lo sea por sí sola. Han sido reconocidas las siguientes:

• La situación interna del imperio, apenas salido de una cruenta guerra civil;

• La "divinidad" del soberano Inca;

• La ventaja tecnológica de los españoles, dueños de armas de fuego, lanzas y espadas de acero y caballos de combate;

• El providencialismo de los españoles que atribuyeron sus victorias al favor divino.

• El despotismo incaico sobre los pueblos sujetos a su férula;

La "divinidad" del Inca fue causa coadyuvante de importancia en la derrota incaica ante los españoles: al caer en manos enemigas, el señor Inca dejaba a su pueblo inerme y desorientado. La debilidad social que se sigue de una guerra civil, el providencialismo español y su superioridad tecnológica son obvias causas de la caída. Sin embargo, no se ha reconocido el colaboracionismo de los indígenas con los españoles, en la medida en que se dio, como causa primerísima de la caída del Tahuantinsuyo.

Los cronistas de la conquista española, casi sin excepción, se refieren a la mentada colaboración. En su libro Destrucción del imperio de los Incas, el historiador peruano Waldemar Espinosa Soriano, sigue la tesis publicada en 1966 por Alejandro Lipsschutz y la confirma fundamentándose en dos informaciones que guarda el Archivo de indias de Sevilla, suscritas por Felipe Guacrapaucar y Francisco Cusicacha, señores curacas de la parcialidad huanca del norte del Perú, a las que sugiere llamar Crónicas de Jauja o, mejor, Crónicas de los huancas. En éstas, se explica su alianza para proveer a Francisco Pizarra de gente de guerra y avituallamiento en su avanzada hacia el Cuzco. Los huancas eran antiguos enemigos de los incas quienes los sojuzgaron y exterminaron cruelmente bajo Tupac Yupangui y Huayna Capac.

No menos célebre que la de los huancas fue la colaboración que recibieron los españoles de los cañaris que sufrieron atropellos de Atahualpa quien demolió Tomebamba y diezmó a los pobladores de esa comarca, sin perdonar ni a mujeres ni a niños la resistencia a su autoridad, como es bien conocido. Pese a haber sido distinguidos por Huayna Capac, quien llevó gran número de mitimaes cañaris al Cuzco y los dedicó luego a tareas guerreras y a su guardia personal, no vacilaren en dar su decidida colaboración a los hispanos en quienes creyeron ver a vengadores de las tropelías de que habían sido víctimas.

Estos cañaris, de quienes Juan Salinas de Loyola, gobernador de Yaguarzongo en 1571, decía al Consejo de Indias «ser... de más razón que la palta aunque los unos y

los otros en cualquier oficio que se pongan lo toman bien ... [pero] los cañares en todo hacen ventaja», fueron los únicos que celebraron verdaderamente alianza con los españoles,

reconoce Jiménez de la Espada, porque, «...en razón de su mayor cultura tomaron a lo serio su compromiso y se sacrificaron generosa y abnegadamente por sus confederados, proporcionándoles cuantos recursos estuvieron a su alcance, como artículos de subsistencia y numerosas tropas auxiliares, sin las cuales le habría sido muy difícil, si no imposible, a Benalcázar triunfar sobre las huestes de Rumiñahui...».

Sin la colaboración cañan, le habría sido muy difícil a Sebastián de Benalcázar conquistar Quito en el tiempo que lo logró. La resistencia aborigen en el norte fue epopeya cuyos pormenores recoge la historia con asombro; muertos los grandes generales quiteños, Ca-licuchima y Quisquis, héroes de la toma de El Cuzco por Atahualpa, correspondió a Rumiñahui organizar la defensa del septentrión quiteño. En la batalla decisiva, en el nudo de Tiocajas, provincia del Chimbora-zo, la ayuda cañari fue factor importantísimo del triunfo que llevó a los españoles hasta la capital scyra, puesto que conocían perfectamente la accidentada geografía y eran astutos y aguerridos en la pelea.

Los cañaris formaron la casi totalidad del ejército de Benalcázar y sus apenas 200 españoles, contra los 11.000 soldados de Rumiñahui, según dato del P. Julio María Matovelle en su obra Cuenca de Tomebamba. Tan notable fue la colaboración cañari que la Corona, teniendo en consideración sus inestimables servicios, les otorgó especiales honores, confirmó el nombramiento que les diera Benalcázar de Caciques Conquistadores, decretó exenciones en su favor y los trató con más miramientos que a otras parcialidades aborígenes. Tal fue la predilección de los españoles por los cañaris que en su comarca no pasaron de ser cinco o seis los encomenderos, no se establecieron obrajes y el servicio de mitayos y laboreo de minas fue más llevadero que en otras regiones del virreinato, según cita de Salasar de Vi Masante hecha por el P. Matovelle en su obra citada.

El P. Alfonso Jerves, en el Ne 6o de Páginas de Historia, reproduce un documento que dice así: «...En el pueblo de los Azogues, jurisdicción de Cuenca, nos juntamos los caciques Dn. Buenaventura Dumanaula y Dn. Luis Muyudumbay, Cacique Conquistador Jeneral (sic)... para obligarnos a sostener el culto del santo y antiquísimo Cristo de Opar, llamado el Señor de las Flores.». El título de Conquistador era el más ambicionado de la época pues implicaba los derechos a recibir encomiendas personales que podían ser heredadas por una o dos vidas y, a veces, a perpetuidad, acceso a buenas rentas, elevados cargos, mayorazgos y títulos nobiliarios.

Las contradicciones del drama humano de la conquista española del Tahuantinsuyo y de la colaboración que obtuvieron de los aborígenes han sido reputadas traición de éstos a su raza, pero es obvio que tal conciencia no existía entre ellos y que, de no haberse dado, la caída del imperio inca habría sido mucho más larga y dolorosa. «¿Por qué los españoles callaron la asistencia y alianza de los señoríos étnicos?» se pregunta Waldemar Espinosa Soriano y, a continuación se responde: «Seguramente para no perder las encomiendas, puesto que de haber manifestado que el Tahuantinsuyo fue conquistado por los mismos indígenas para entregárselo a los españoles, ¿Con qué derecho habrían reclamado gratificaciones de servicio a la Corona?»

La caída del Tahuantinsuyo fue el fin de un siglo de guerras en nuestro territorio. Después, la vida volvió a acomodarse a su decurrir normal y la fusión poblacional acogió de manera natural el nuevo aporte racial. Las enamoradas indígenas fueron auxiliares, aliadas, cómplices y espías valiosísimas en las guerras y grandes amigas de los conquistadores hispanos, según Cieza de León. Paullu, el Inca títere impuesto por Pizarra, era hijo de Huayna-Capac y llegó a ser uno de los hombres más ricos del Perú, gracias a los privilegios, grandes encomiendas y hasta escudo nobiliario según la heráldica metropolitana que le fueron concedidos por su ayuda a los conquistadores hispanos.


La muerte de Atahualpa, en un cuadro que testimonia los honores postumos que recibiera.

El mestizaje de españoles e indígenas tiene resonancia planetaria, pese a cuanto ahora se diga en contrario, pues lo extraordinario no es el hallazgo de una América desconocida y dormida en el tiempo, sino el despertar a la historia de una raza y cultura nuevas, producto excelso de la fusión de dos mundos, aún no del todo consumada y que, para empezar, constituyó poderoso impulso del Renacimiento y del modernismo europeos.

Aunque fragmentario por lo inaprehensible de su compleja antigüedad, el conocimiento arqueológico de doce mil años de vida de nuestros ancestros aborígenes es importantísimo para aproximarnos al origen remoto del ser ecuatoriano pero poco nos dice, sin embargo, de su psicología formada en eses ciento veinte siglos apenas esbozados por los vestigios materiales de sus culturas y los cinco propiamente historiados que empiezan con la conquista del Quito y su anexión al Tahuantinsuyo de los hijos de Viracocha, durante cincuenta u ochenta años.

Las crónicas del siglo XVI —Sarmiento de Gamboa, Cabello Balboa, Garcilaso de la Vega, Cieza de León y otros— describen al hombre andino que conocieron y aportan datos a base de los cuales los historiadores modernos afirman que nuestros aborígenes tenían características antropológicas primitivas, esto es, gente sencilla, de temperamento tranquilo, carente de sentido previsor del futuro.

Los conquistadores españoles reconocieron su característica introversión, su tendencia a la contemplación pasiva de la naturaleza y sus fenómenos, su sentido interpretativo, demostrado por los delicados y singulares testimonios de su cultura material. En éstos se evidencia una mentalidad contagiada de lo bello, ajena al conocimiento y explicación lógicamente estructurados del mundo y que no alcanzó el desarrollo de otros grupos americanos cuyo pensamiento se plasmó en organizaciones sociales más complejas y en una mejor comprensión del universo.

Pasar del régimen de libertad tribal, al severísima-mente reglamentado de los incas, de la convivencia pacífica de bajos riesgos bélicos al trabajo colectivo obligatorio, de patrones propios de vida a otros impuestos por la fuerza debió constituir para nuestros aborígenes el doloroso desgarramiento que cobra como tributo la historia al transformar los sistemas establecidos y si, en menos de cien años, debieron asimilarse al sistema social español, tan distinto de toda la realidad americana de entonces, puede —como consecuencia de todo ello— entenderse la configuración de una conciencia colectiva caracterizada por una perenne crisis de identidad, tampoco resuelta por la bien intencionada pero desafortunadamente lejana preocupación de la Corona de España.

Alberto Crespo R. del Instituto de Estudios Bolivianos de La Paz comenta, en el prólogo al citado libro de Waldemar Espinosa Soriano, que los verdaderos conquistadores de América fueron los indígenas aliados con los españoles. Dilucidar el valor estrictamente ético de esta alianzas es menos importante que inculcar en las generaciones venideras un justificado orgullo por su origen, ocurrido en los albores de una gesta que permanecerá en la historia como uno de los hechos más famosos del acontecer humano, sólo en la medida en que la continuemos, de cara al futuro.

 

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