Ecuador Ancestral

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El aporte de Lewis Binford

La novísima escuela arqueológica representada por Lewis Binford de la Universidad de Nuevo México planteó una cuestión de muy hondo contenido: La arqueología como antropología, título del ensayo del mentado científico. Frente a la escuela tradicional de arqueología, Binford y sus teorías levantaron seria polémica pero, a la vez, permitieron el replanteamiento de los postulados del pasado, en especial, de lo concerniente a la historia de la cultura y al establecimiento de la secuencia, al innovar los métodos que, al parecer, habían impedido a los investigadores desarrollar la verdadera comprensión científica de los procesos culturales de las sociedades primitivas.

La propuesta de Lewis Binford data de 1962 y llevó a considerar la cultura como la forma de adaptación del hombre al medio ambiente natural y social en que consuma su existencia. Discutió Binford el método para interpretar las diferencias tipológicas de los artefactos que distinguen una cultura de otra, llegando a afirmar que la cultura es en sí misma un artefacto, en cierta forma y que sus restos físicos deben ser colocados y estudiados dentro de contextos integrales.

Con anterioridad, Walter W. Taylor (Estudio de la Arqueología, 1948) había abierto la discusión sobre el tema, en el campo de la polémica científica, sobre la llamada Nueva Arqueología, sin producir los efectos que Binford. También el antropólogo social Friedrich Barth, en 1950, afirmaba que:

«...la única forma en que ... [la investigación arqueológica]

puede contribuir al campo general de la Antropología es pregun

tando "para qué" [pregunta] ... cuya respuesta requiere de
un sistema general...».

Lewis Binford desarrolló su sistema basándose en el principio de que el arqueólogo debe ver, en los artefactos que obtiene de sus excavaciones, la huella del comportamiento de la gente en el desarrollo de sus actividades, dentro de un sistema cultural.

A él se debe la demostración —mediante análisis estadístico— de que los diversos tipos de herramientas, encontrados a diferentes niveles del subsuelo, son reflejo de diferencias funcionales antes que étnicas. Buscó relacionar la variedad de herramientas con las necesidades de readaptación ocasionadas por las variaciones climáticas y de la caza (evidenciadas por los restos fósiles de polen y animales). Llegó a aseverar que el registro arqueológico es el reflejo de un ecosistema completo en el cual el hombre es solamente uno de sus componentes.

Así, la comprensión del comportamiento del hombre, del creador de la cultura, es necesario para dilucidar el problema de sus sistemas de vida y el entendimiento de éstos conduce al conocimiento real de las etapas culturales.

Estas ideas abrieron paso al estudio de la arqueología in situ, destacándose entre sus pioneros Gordon R. Wiley, quien radicó su atención en el valle de Virú (Perú) y Julián Steward, quien investigó los movimientos estacionales de los aborígenes Shoshoni, en las cuatro zonas ecológicas del Oeste estadounidense. Steward llegó a establecer que:

«...el cambio cultural se da por las alteraciones en la relación de adaptación, como ocurrió en el México precolombino cuando los Mayas compensaron las consecuencias negativas de la agricultura a destajo y quema, con los campos que construyeron en los pantanos...».

En diferentes lugares de la tierra, el inventario de descubrimientos de la eco-arqueología —disciplina a la que abrieron campo estas teorías— crece constantemente, gracias a la excavación de arqueólogos que ahora disponen del sistema radiocarbónico para definir la edad de sus hallazgos, la composición del suelo, el agua, las plantas y los animales fósiles y, así, juntar en los espacios temporales correspondientes, varios aspectos de la realidad cultural de las sociedades humanas desaparecidas. La cronología, de esta manera, se ha tornado en un importante instrumento de la investigación arqueológica.

 

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