Ecuador Ancestral

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Ecuador Ancestral

La arqueología en el Ecuador
La periodización de los estadios culturales prehistóricos
Entorno físico en el que apareció el hombre
El poblamiento de América
El hombre temprano del Ecuador
El Período Formativo: Una incógnita en el tiempo
Cronología
El Desarrollo Regional o la edad de los dioses
El Período de Integración
Los incas en el Quito
El aporte español: La otra mitad del mestizaje

La estirpe iniciada por uno de los lugartenientes de Benalcázar y con él fundador de Quito, el Capitán español Don Diego Sandoval y La Mota, y la Coya Marcochembo, bautizada Francisca, hija legítima de Huayna Cápac, ha contribuido a hacer nuestro Estado, en la Colonia, la Independencia y la República. Baste para probarlo el recuerdo del nombre de Pío Bravo Vallejo, notable diputado constituyente en varias oportunidades y colaborador de eminentes repúblicos como Fr. Vicente Solano, Vicente Rocafuerte y Ramón Miño; el de Benigno Malo, de aquellos de quienes García Moreno decía ser lo bueno de Cuenca; de Luis Cordero Crespo, científico, académico, poeta dominador del castellano y el quichua, orador y Presidente de la República. Tal el ancestro ecuatoriano de Aurelia Bravomalo de Espinosa.

Aurelia Bravomalo no es desconocida en el campo cultural. A través de la internacionalmente prestigiosa radiodifusora HCJB, La Voz de los Andes, a lo largo de dos años tocó temas históricos, especialmente de arqueología ecuatoriana, y rubricó su renombre con el cursillo de arte de la escuela Quiteña que, con profusión de imágenes y amplios conocimientos, deleitó a los televidentes del Canal 2 de Quito entre Abril de 1980 y Febrero de 1982. Exitosos han sido también sus cursos sobre arte e historia del arte dictados a sectores amantes del saber. Los numerosos cursos de capacitación dados a centenares de secretarias de la administración pública y privada han dejado un reguero de luz, de nobles inquietudes y de gratitud.

Desde 1950, hizo carrera en el Banco Central del Ecuador, culminandola como Subgerente del Área de Museos de esa Institución en 1975, luego de veinticinco años de trabajo ordenado y ordenador en los que entregó un significativo aporte, progresista, asiduo y responsable. En 1985 volvió por tres años a ocuparse de la misma posición. Entre 1974 y 1977 fue la primera

Secretaria adjunta de la Asociación Latinoamericana de Museos que entonces recién se formaba, con el fin de modernizarlos, al amparo de la UNESCO.

Su primer libro El museo abierto, editado en 1976 por la Casa de la Cultura Ecuatoriana y elogiado en la UNESCO se agotó rápidamente en el país y por adquisiciones en España, Portugal y Colombia que lo hizo texto de la Escuela de Museología.

Pero es la indagación de la gran aventura de la especie humana lo que realmente entusiasma a Aurelia, en especial la ocurrida en el sector geográfico en el que vivimos. Como dice en uno de los capítulos de este libro, «El hombre, especie extraordinaria sobre la tierra por su trascendencia psicológica, fenómeno de profundo significado con que culmina la Creación, ser consciente y creador de cultura, es insólito en el proceso de la vida».

Y tiene razón, pues todo es insólito en el cosmos: su origen, su edad de miles de millones de años, su tamaño de (¿lo sabe alguien con exactitud?) millones de años-luz y en expansión, su forma aún no determinada. La avanzadísima ciencia contemporánea descubre cada vez nuevos hechos, indicios, objetos, naturalezas, movimientos espaciales, estrellas. Están ahí, gigantescas, en el "vacío" del espacio interestelar como los billones de microbios y virus en el mar, en un paralelismo igualmente abismal entre el macro y el microcosmos, en la incógnita que ha desembocado en las posiciones monista materialista que juzga la materia-energía como evolución permanente, existente desde y para siempre y la trascendentalista que exige la intervención del Ser necesario y absoluto, eterno e inmutable, creador omnipotente de la materia-energía a la que ha dado la capacidad de evolucionar a nuevas formaciones.

Esta es la inquietud que ha sido vislumbrada por todas las civilizaciones primitivas o evolucionadas. En el misterio que ha presidido la vida del hombre, el principio de trascendencia es imperativo de la razón, un verdadero grito con el que la especie humana ha expresado la inmensidad de Su grandeza, la del Anu sumerio, del Osisris egipcio, del Brahma hindú, del Tao chino, del Zermane-Akerene persa, del Zeus griego, del Jehová hebreo, del Júpiter latino, del Vit-zilopochtle azteca, del Pachacámac inca, del Supremo Arquitecto, del Eterno, del Todopoderoso, del Creador, del Altísimo, del Redentor, del Padre.

El formidable proceso evolutivo del Cosmos existe en la pequenez de nuestro planeta que, hasta donde se sabe, tiene el privilegio de mantener seres vivos, de variedad y virtualidades tan asombrosas como las formas de nacimiento, desarrollo y conducta.

El hombre se presenta sobre la tierra después de ésta poblarse de millones de especies vegetales y animales; a diferencia de las otras, la suya es capaz de juzgarse y juzgar, de explicarse y generalizar, de recordar y deducir; es capaz de relacionarse no sólo con lo utilitario sino con lo espiritual y trascendente, con aquello que llamamos alma, espíritu, sentimiento estético, arte, curiosidad científica, fe religiosa y principios morales.

Esta especie humana que comenzó a aparecer hace cerca de cuatro millones de años en el África Oriental y hace apenas catorce mil en nuestro país, estos hombres que, en una fracción de segundo cósmico han dejado sólo los vestigios materiales de su cultura son el objeto del estudio de este libro.

La historia de nuestros ancestros aborígenes —propiamente ecuatorianos, propiamente quiteños— cubre ciento cuarenta siglos, muy recientes, muy cortos en la historia de la vida. Es historia de seres racionales, de hombres que sufrieron penalidades y gozaron de la vida, que crearon cosas sorprendentes, inventaron utensilios y desarrollaron métodos, que evolucionaron de la recolección a la agricultura y la caza, del nomadismo a la construcción de pueblos.

A este hombre primitivo que pasó de la edad de piedra a la de la cerámica y los metales y se bifurcó en nacionalidades que lucharon entre ellas y sufrieron hasta transformarse en lo que encontraron los españoles le debemos comprensión y respeto. Y comprensión y respeto a la fragua que lo fundió, en dolor y amor, con los seres evolucionados que constituyeron el primer imperio del mundo en el siglo XVI: el español. Fragua que ha hecho el mestizaje de los trecientos millones de hispanoamericanos que luchan sus vidas desde los hielos de la Tierra del Fuego al corazón de los Estados Unidos preludiando la unidad de la especie humana.

El hombre primitivo fue hombre con todas las virtualidades específicas de su raza humana. Y fue un gran hombre. A él se concreta Aurelia Bravomalo de Espinosa en forma cabal en este estudio.

Jorge Luna Yepes Quito, febrero de 1992.

 

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